martes, 9 de febrero de 2010

Camaradas de armas

...La compañía en la que estaba Gleowine era comandada por Endain, el joven teniente que todavía convalecía de un mazazo que recibió con la cabeza en la última batalla. Thaetrius, segundo al mando y parco de palabras, era un padre de familia que la guerra sorprendió en una taberna, y fué tomado en las levas forzosas. Llevaba más tiempo que ninguno en la compañía, por lo que todos le tenían en gran estima y respeto. Los soldados eran Darbaus, un leñador que se alistó voluntariamente, lamentantándose de ello a todo aquél que quería escucharle; Alain, joven, hermoso, un timador de primera que estaba en el ejército solo porque las damas nobles del reino gustaban de oír hazañas de guerra, lo que lo hacía temerario (rayando en la estupidez según Thaetrius) en el combate. Maen era un antiguo presidiario, mientras cumplía condena un reclutador le ofreció conmutar la pena que le restaba en las minas por años de servicio en la milicia, prometiéndole desayuno y 2 comidas calientes al día, cosa que Maen consideró razón suficiente para aceptar, siendo la posibilidad de morir no más que un detalle insignificante, por lo que siempre andaba sonriente. Andineth y Ursine eran hermanas, Ursine entró al ejército para huir de un matrimonio arreglado y conocer el mundo, Andineth sólo siguió a su hermana, ya que sin Ursine ella era la siguiente en la lista. Por último, Nanaia, una joven campesina, cuyo hogar estaba amenzado por los invasores y se enroló para evitar que enviaran a su padre, hombre ya viejo y enfermo.

Con ellos, Gleowine fué aprendiendo poco a poco los usos y costumbres de un recluta, que nunca dejaron de parecerle extraños. Aunque al principio sus compañeros le miraban con recelo, pronto terminaron aceptando al medio-elfo de mirada melancólica, y en las fogatas disfrutaban sus historias del mundo antiguo y las anécdotas de su vida como aventurero.

martes, 2 de febrero de 2010

El Recluta

En su tienda de campaña, el Gran Maestre revisaba órdenes, planificaciones, mapas y estrategias. Una brisa saturada de olores ahumados se colaba de vez en cuando, meciendo los cortinajes, pero nada distraía de sus quehaceres al veterano caballero. Fuera, en el campamento, los soldados iban y venían, riendo algunos, silenciosos otros.

Se encontraban en una de las líneas más peligrosas de todo el frente de guerra, lo que volvía a muchos taciturnos. El clima no mejoraba el panorama, las lluvias eran cosa habitual y el campamento completo estaba convertido en un barrizal, lo que producía que los normalmente blancos tabardos del éjercito se viesen sucios y descuidados, amén de que las frecuentes escaramuzas no ayudaban a su limpieza.

Cerca de la hora cuarta, un soldado entró al pabellón del Gran Maestre, cuadrándose militarmente.

-Milord, fuera hay un hombre que desea hablarle- manifestó, con un tono rutinario.
-¿Un hombre?-preguntó el caballero- ¿Un civil? No espero a nadie...- recordó en voz alta.

El soldado espero unos instantes a la reacción de su superior, pero al no ver ninguna replicó

-Dice que es importante. Creo que es un montaraz, por sus vestimentas. Pero no tiene ningún tipo de emblema, y al parecer estuvo luchando, sus ropas están muy ajadas.

El Gran Maestre mesó su barba. El soldado seguía en pie, inmóvil.

-Haz que entre- concluyó, y siguió revisando los documentos.

La tela que cubría la entrada al pabellón dió paso a la figura de un hombre ligeramente más alto que el promedio, moreno, de largo cabello oscuro, pegoteado en mechones en algunos lugares producto de la suciedad. Sus orejas puntiagudas y una barba incipiente delataban sin mayor dificultad su raza: un medio-elfo. Vestía una armadura de cuero chamuscada, una capa desgarrada y espadas al cinto, cuyas vainas gastadas evidenciaban un uso reiterado. Un gran arco de tejo le cruzaba la espalda, pero el carcaj estaba vacío.

El Gran Maestre examinó unos instantes al recién llegado. Hizo una seña con la mano para que hablese.

-Soy Gleowine Siannodél- dijo, con la vista fija hacia el caballero, pero pasando a través de él como si en la silla no hubiese nada- hace tiempo pasaste por el bosque, reclutando hombres para la guerra. Yo te respondí que sus guerras no me tocaban ni me incumbían, y que mi sangre solo se derramaría por mi bosque y los seres que lo habitan -hizo una pausa para tomar aire, pues su voz se quebraba- pues bien, ya no tengo bosque ni seres que lo habiten, ya que todo, todo acaba de ser arrasado, y no pude hacer mucho más que apartarme.

Calló unos instantes, luego agregó - Ahora quiero pelear vuestra guerra... ya no tengo nada, ni siquiera los sentimientos de venganza. Una ola me ha arrebatado todo lo sublime que he amado, y yo estaba demasiado absorto, regocijado de tal manera en la hermosura de mi amor que no tuve la sensatez de protegerlo, o el temple de saber perderlo y seguir.

El Gran Maestre se levantó de su silla, y caminó hasta ponerse frente al guardabosque.

-¿Estás seguro? Esta campaña es cruel, y no te servira de nada lo que ahora vistes. Deberás hacerte uno de nosotros si quieres sobrevivir allá afuera.-

Gleowine respondió con un gesto altivo -Eso lo creéis vosotros. Yo he sido guardabosques toda mi vida, y estas guerras humanas no serán diferentes a una incursión de trasgos o un ataque de gigantes.

El Caballero movió la cabeza -No puedo dejar de advertirte que así como estás, no vivirás para ver la segunda batalla. Pasa por la armería y busca una armadura a tu medida, y te presentas aquí nuevamente para....

El gran Maestre se detuvo, ya que comprendió por la mirada de Gleowine que no le obedecería.

-Si quieres luchar por los nuestros, hay algo que no puedes dejar de hacer, o te mueres. Tenemos una línea de mando, fundada en el respeto mutuo y la confienza entre superiores y subordinados. Esta guerra es horrenda, pero la disciplina mantiene la cabeza sobre los hombros y los fantasmas alejados. Si quieres ser mártir por esa tela de cebolla que traes para protegerte, allá tú, te respeto "Guardabosques", pero en el campo de batalla, y en todo momento mientras estés junto a nosotros, obedeces a los oficiales, que te enseñan, y te debes a tus compañeros, que son como tu fuerza y tu escudo.

Gleowine permaneció con un gesto desafiante.

-Ahora largo de mi vista, recluta Clarodeluna, pásate por intendencia para que te den petate y ropa de abrigo, y al menos una capa con el emblema del éjercito, para que tus mismos camaradas te distingan en el combate, ya que no te uniformas.


Luego de esto dió media vuelta y siguió con el trabajo que tenía pendiente.

Gleowine salió del pabellón y comenzó a caminar entre el campamento. Hombres y mujeres del éjercito le miraban con extrañeza, y todos le parecían más curtidos que él.

En intendencia le entregaron equipo, le designaron un batallón, escuadrón donde combatiría y lugar para desplegar su carpa, junto a los soldados que serían sus compañeros. Se presentó a su superior inmediato, un joven teniente con la cabeza vendada, y al atardecer, caminó a una colina cercana, donde en soledad pudo llorar su dolor y el hogar perdido por última vez, esperaba.